La salvaguarda irlandesa atasca el Brexit

Europa y el Reino Unido se encuentran sumidos en unas pantanosas negociaciones que pretenden, cada vez con menos margen, diseñar el Brexit menos doloroso posible. Los intereses confluyen en determinados temas; no obstante, la cuestión de la salvaguarda irlandesa parece dividir gravemente a ambas partes. La UE considera que el acuerdo al que se llegó con el anterior gobierno de Theresa May es lo mejor que puede ofrecer y asegura que no lo volverá a negociar, mientras que el nuevo primer ministro, Boris Johnson, espera que la Unión “muestre sentido común” y retire el artículo de la salvaguarda del pacto de divorcio.

Además, Londres se ha encargado ya de culpar a la Unión Europea del posible fracaso de las negociaciones y su consiguiente Brexit sin acuerdo, o Brexit duro. En una afirmación rotunda, el ministro de Exteriores de Reino Unido, Dominic Raab, trasladaba la responsabilidad a Bruselas: “Si la posición de la UE es que el acuerdo de retirada no puede cambiarse, entonces, punto final, que es su posición actual. Luego, afrontémoslo, ellos tomarán la decisión de ver al Reino Unido irse en condiciones de no-acuerdo, y esa es una responsabilidad que tendrán que asumir. Nos gustaría llegar a un acuerdo, pero la barrera de contención, en su forma actual, es antidemocrática y es algo que tendrá que ser eliminado”.

¿En qué consiste, entonces, la salvaguarda (o backstop)? Hace referencia a la gestión de la frontera entre Irlanda, una república independiente que forma parte de la UE, e Irlanda del Norte, el territorio que junto a Escocia, Gales e Inglaterra conforma Reino Unido. Consiste en un dispositivo que busca garantizar que no habrá una frontera dura, con controles y aduanas, entre las dos Irlandas, incluso si no se llegara a un acuerdo formal en temas comerciales y de seguridad. La salvaguarda, que implicaría la permanencia temporal de Irlanda del Norte en la unión aduanera y mercado único, entraría en vigor como último recurso si, llegados a diciembre de 2020, no se hubiera alcanzado un acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Reino Unido.

La cuestión de la frontera entre las Irlandas responde al sangriento conflicto que, entre 1968 y 1998, enfrentó a unionistas (partidarios de preservar los lazos con Reino Unido) y republicanos (partidarios de la independencia o de la integración de la provincia a la República de Irlanda). La violencia cesó con el acuerdo de paz de Viernes Santo (Belfast, 1998), que incluye como condición la ausencia de fronteras físicas en la isla.

Lo delicado del asunto radica en que, con el Brexit, el límite entre las dos Irlandas pasaría a ser frontera exterior de la Unión Europea, por lo que se encontrarían en distintos regímenes regulatorios. Semejante situación acarrearía serias consecuencias económicas (como que todos los productos que llegaran a Irlanda del Norte tuvieran que ser revisados para certificar el cumplimiento de la normativa comunitaria), una coyuntura anómala por la que se introdujo la fórmula de la salvaguarda. Por tanto, el problema radica en definir cómo administrar el límite entre las Irlandas, diseñar su funcionamiento para evitar un control aduanero más severo por no formar parte del mercado común o la introducción de tasas e impuestos sobre bienes específicos.

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