Grecia empieza a nadar sin flotador (de nuevo)

Desde el pasado 20 de agosto, los ciudadanos griegos podrán decirles adiós a los empleados del Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y la Unión Europea. La llamada Troika que, en los hechos, ha dirigido el país desde 2010.

Sin embargo, la salida este lunes de Grecia del tercer rescate, firmado en 2015, merece un brindis a medias. Los tres planes de ayuda coordinados por la troika, sirvieron para que Grecia se agarrase a un clavo ardiendo. Sin embargo, este clavo ha acabado también por dejar una economía desgastada, con los salarios más bajos de la UE y con la emigración disparada, por la que muchos jóvenes han caído en los brazos de la próspera Alemania, entre otros países.

Con los sucesivos planes de ayuda,  Grecia ha recibido más de 286.000 millones de euros de la UE y el FMI, la mayor parte con destino a pagar deuda. Una deuda que asciende al 180% de su Producto Interior Bruto (PIB). A pesar de este colchón de alivio, incluso los que aseguran que la deuda es sostenible, reconocen que se tardarán muchas décadas, varias generaciones seguramente, en pagarla.

La realidad es que Grecia ha cumplido con creces la austeridad presupuestaria. En 2016 y 2017 consiguió un superávit primario -antes de pagar la deuda- de un 4%, muy por encima de las exigencias de los acreedores. Todo ello a base de recortar todavía más en servicios básicos, ya esquilmados por recortes previos de los otros dos rescates, y, sobre todo, de mantener una presión fiscal inaudita sobre la clase media.

Esta medida radical, pero necesaria, no ha favorecido a la recuperación del tejido empresarial que domina el mercado, las pymes. Los pocos griegos acaudalados que quedan, se ven disuadidos a embarcarse en el emprendimiento, ahogados de antemano por los impuestos. Sin embargo, si Grecia quiere seguir manteniendo los objetivos a los que se ha comprometido, se verá obligado a mantener ahora esta presión y a implementar reformas, para que su economía dependa de algo más que del turismo.

La conclusión del programa marca por tanto, el final de un capítulo y el comienzo de otro para Grecia. No obstante, será necesario encarar ahora las consecuencias sociales y económicas, legado de los años de crisis. Esto requerirá que las autoridades griegas mantengan la asunción de responsabilidades en materia de reformas y su aplicación constante, según los compromisos que asumieron en la reunión del Eurogrupo de 22 de junio de 2018. Ello es crucial para arraigar la confianza de los mercados y fortalecer la recuperación económica del país, especialmente en el período inmediatamente posterior al programa.