Tribuna de José Carlos Cano, Presidente de Foro Europa Ciudadana, en “Expansión”: “¿Y qué pierde Europa?”

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Hoy se celebra en Reino Unido el referéndum de permanencia en la Unión Europea. Para analizar el impacto de la posible salida de la Unión, Expansión publica en su edición impresa una tribuna de José Carlos Cano, Presidente de Europa Ciudadana, “¿Y qué pierde Europa?”.

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Texto completo:

La mayoría del debate que gira alrededor del eventual resultado del referéndum en el Reino Unido, que se ha venido en denominar como “Brexit” –anglicismo, pero sobre todo latinismo que viene de ex ire, salir-, se está centrando en qué ventajas y desventajas aporta para Gran Bretaña su pertenencia a la Unión Europea, haciendo un énfasis bastante demagógico, trivial, populista y poco fundamentado en los perjuicios y quebrantos que le ha acarreado su participación en una supuesta máquina burocrática incontrolable, en donde el gasto no se controla, y que implica una avalancha de trabajadores al Reino Unido, que hacen una cruel competencia a la fuerza laboral local, entre otras muchas tachas que se imputan y tienen un presunto origen en la Unión Europea.

Pero en esta breve aportación queremos centrarnos en qué aporta Gran Bretaña a la Unión Europea, es decir, en qué elementos este país ha supuesto una contribución positiva desde su adhesión en 1973 –junto con Irlanda y Dinamarca- a la entonces CEE, y hoy UE. Y para ello hay que partir de la premisa de que el Reino Unido es un Estado peculiar, sito en una singular isla –por su cercanía al continente, y que dota al país de una perspectiva marítima y transatlántica que han sabido aprovechar muy bien los británicos-; además es antigua metrópoli, imperio y lugar de origen de instituciones que –como el parlamentarismo- no constituyen ya sólo un logro británico, sino que han pasado a formar parte de las coordenadas que forman el acervo de la civilización.

Por otra parte, y sin entrar en consideraciones de corte histórico-filosóficas, la pertenencia del Reino Unido a la construcción y al proyecto europeo, su participación como miembro de pleno derecho en la UE -para ésta y para los países miembros de la misma-, es esencialmente decisiva. En primer lugar, Gran Bretaña aporta estabilidad al sistema y al equilibrio de fuerzas en el seno de la Unión, haciendo de contrapeso entre Francia y Alemania, que –no se debe olvidar- recurrieron en los orígenes de la CEE a la integración económica para fomentar lazos permanentes, que pudiesen servir para poder superar las rivalidades históricas que habían desencadenado dos Guerras Mundiales. Por otra parte, este equilibrio europeo es muy inestable, y cuantos más países miembros forman parte de la UE, más se pone de manifiesto esta inestabilidad. El Reino Unido proporciona una visión transatlántica a la cotidianeidad de Bruselas, integra intereses derivados de la Commonwealth, representa y transmite posiciones de países tan relevantes como Australia, Canadá, la India o Nueva Zelanda. Y, por todo ello,  ofrece una contrapartida al relevante peso continental de otros Estados.

Sin embargo, no es la única aportación sustantiva que implica la pertenencia de Gran Bretaña a la Unión: la desaparición de su contribución al PIB comunitario debilitaría el Mercado Único Europeo y su peso relativo en la economía mundial, haría descender de forma relevante la participación de la UE en el comercio internacional, y provocaría un desplazamiento de tráficos comerciales a favor del Reino Unido, ya que muchos productos podrían beneficiarse de las más que probables ventajas arancelarias que un sustitutivo Tratado de Libre Comercio tendría entre el Reino Unido y la UE, utilizándolo como cabeza de puente para entrar en Europa. Además el peso singular de Alemania se fortalecería, alcanzando casi el 40% del PIB de la Unión, con su evidente reflejo en el peso político subyacente –que ya es suficientemente relevante-.

El distanciamiento físico y mental que deriva de la insularidad del Reino Unido, que se manifiesta en esa flema, ironía y perspicacia británicas–derivadas de la constatación de su singularidad-, con el añadido de la pompa y circunstancia derivadas del respeto a las tradiciones –entre las que la Monarquía británica es el mejor exponente- hace que Gran Bretaña aporte y mucho en el ámbito cultural a la integración europea. Además, el Reino Unido es pluralidad, en Londres habitan nacionales de más de 170 países distintos, y esto es un reflejo de la multiculturalidad de la isla, que se pone de manifiesto en el arte, en la gastronomía, en el propio paisaje urbano, pero también en los casi setenta mil profesionales extranjeros que trabajan en el Servicio Nacional de Salud británico.

En el Brexit confluye una tendencia que se pone de manifiesto en otros lugares de Europa, y que es el auténtico problema con el que nos estamos viendo confrontados, también en España: la dialéctica entre patriotismo y nacionalismo. No en vano Charles de Gaulle decía que hay patriotismo cuando el amor a tu pueblo es lo primero, y que el nacionalismo surgía cuando el odio a lo extranjero se ponía en primer lugar, y se confundía con el primero, que es perfectamente legítimo, admisible y encomiable. La cita es oportuna: en el Reino Unido –como en España- lo extranjero aporta pluralidad, riqueza, y exige aclimatación, integración, tolerancia y comprensión.

Por todo ello, no sería banal la salida del Reino Unido de la Unión Europea: constituiría un mal precedente, supondría la afirmación de tendencias subyacentes –y poco soterradas- que están presentes en varios países de la Unión Europea –y de las que España no es ajena en absoluto-, y podría ser el primer paso hacia la descomposición del proyecto europeo, que –ante todo- ha supuesto paz, estabilidad y crecimiento para el continente. No en vano un escritor inglés, Chesterton, decía que quienes hablan mal contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen. Mantengamos unida la familia europea en estos momentos tan álgidos e imprevisibles, por nuestro bien, y por el de las generaciones futuras.

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Publicado en: Foro Europa Ciudadana

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